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    Un libro: Un milagro en equilibrio, Lucía Etxebarría

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La tregua

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“Que yo me sienta, todavía hoy, ingenuo e inmaduro (es decir, con sólo los defectos de la juventud y casi ninguna de sus virtudes) no significa que tenga el derecho de exhibir esa ingenuidad y esa madurez. Tuve una prima solterona que cuando hacía un postre lo mostraba a todos, con una sonrisa melancólica  y pueril que le había quedado prendida en los labios desde esa época en que hacía méritos frente al novio motociclista que después se mató en una de tantas Curvas de la Muerte. Ella vestía correctamente, en un todo de acuerdo con sus cincuenta y tres; y en eso era de lo más discreta, equilibrada, pero aquella sonrisa reclamaba, en cambio, un acompañamiento de labios frescos, de piel rozagante, de piernas torneadas, de veinte años. Era un gesto patético, sólo eso, un gesto que no llegaba nunca a parecer ridículo, porque en aquel rostro había, además, bondad. Cuántas palabras, sólo para decir que yo no quiero parecer patético”

“Lo que menos odio es la parte mecánica, rutinaria, de mi trabajo: el volver a pasar un asiento que ya redacté mil veces, el efectuar un balance de saldos y encontrar que todo está en orden, que no hay diferencias a buscar. Ese tipo de labor no me cansa, porque me permite pensar en otras cosas y hasta (¿por qué no decírmelo a mi mismo?) también soñar. Es como si me dividiera en dos entes dispares, contradictorios, independientes, uno que sabe de memoria su trabajo, que domina al máximo sus variantes y recovecos, que está seguro siempre de donde pisa, y otro soñador y febril, fustradamente apasionado, un tipo triste que, sin embargo, tuvo, tiene y tendrá vocación de alegría”

“No hay caso. La entrevista con Vignale me dejó una obsesión: recordar a Isabel. Ya no se trata de conseguir su imagen a través de anécdotas familiares, de las fotografías, de algún rastro de mis hijos. Conozco todos sus datos, pero no quiero saberlos de segunda mano, sino recordarlos directamente, verlos con todo detalle frente a mí tal como veo mi cara ahora delante del espejo. Y no lo consigo. Sé que tenía ojos verdes, pero no puedo sentirme frente a su mirada.”

“Son raras las veces que pienso en Dios. Sin embargo, tengo un fondo religioso, un ansia de religión. Quisiera convencerme de que efectivamente poseo una definición de Dios, un concepto de Dios. Pero no poseo nada semejante. Son raras las veces que pienso en Dios, sencillamente porque el problema me excede tan sobrada y soberanamente que llega a provocar una especie de pánico, una desbandada general de mi lucidez y mis razones. “Dios es la totalidad”, dice Avellaneda. “Dios es la esencia de todo”, dice Aníbal, “lo que mantiene todo en equilibrio, en armonía”. Soy capaz de entender una y otra definición, pero ni una ni otra son mi definición. Es probable que ellos estén en lo cierto, pero ese no es el Dios que yo necesito. Yo necesito un Dios con quien dialogar, un Dios con quien pueda buscar amparo, un Dios que me responda cuando le interrogo, cuando le ametrallo con mis dudas. Si Dios es la totalidad, la gran coherencia, sin es sólo la energía que mantiene vivo el Universo, si es algo tan inconmensurablemente infinito, ¿qué puede importarle de mí, un átomo mal encaramado a un insignificante pijo de su Reino? No me importa ser un átomo del último piojo de su Reino, pero me importa que Dios esté a mi alcance, me importa asirlo, no con mis manos, claro, ni si quiera con mi razonamiento. Me importa asirlo con mi corazón.”

“Ella me daba la mano y no hacía falta más. Me alcanzaba para sentir que era bien acogido. Más que besarla, más que acostarnos juntos, más que ninguna otra cosa, ella me daba la mano, y eso era amor.”

Mario Benedetti

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